Evocar el 26 de junio de 2018 es desgarrador. El dolor, la angustia y la desazón que experimentamos ese día nos acompañará por el resto de nuestras vidas a los laburantes de Télam. Pero un año después, sí justo un año después, en ese engendro que la patronal macrista armó en el predio de Tecnópolis, se vivió una pequeña gran revancha, unas horas antes de que las primeras cautelares fueran ratificadas en la Justicia Laboral.  

Traigo del recuerdo una de las historia de “Diálogos del Galpón”, esa deplorable sucesión de hechos perpetrados en Villa Martelli por esos palurdos que venían a fundar la nueva Télam y terminaron yéndose con penas (algunos pesos) y nada de gloria. Con ustedes, el recuerdo del 26 de junio de 2019, el día que “Magie” se empezó a despedir de todes nosotres.

Aclaración: La narración se sitúa temporalmente en los últimos días de 2019, cuando Alberto Fernández ya había asumido, y se remite a hechos ocurridos seis meses atrás…       

Vacío. Así está el Galpón donde se soñó la Nueva Télam. Nada queda en este lugar. El editor del tic, uno de los pocos sobrevivientes que le quedan a esta farsa, se ha ido tras cumplir su turno. Es domingo a la noche y la luna, morada final de los astronautas fatigados que alcanzan los plazos institucionales, es testigo de la soledad que reina en el predio de Martelli, el lugar donde la plenipotenciaria soñó alcanzar la posteridad, entre pedidos absurdos de sumarios y powerpoints proyectados en las paredes…

Es de noche, el vigilador literato no aguanta el calor y sale dar una vuelta con una linterna en la mano. Pasa por el estanque, escucha el croar de las ranas; camina hasta el muñeco de la ballena franca y casi sin querer, sus pasos perdidos lo llevan al alambrado. Donde se encuentra a nuestro más tierno personaje…

–¿Qué haces acá, es de noche? ¿Tus papás te dejan andar a esta hora por acá? —le pregunta el Góngora de gorra al pibe de la bici, que lo mira con un dejo de superioridad, antes de arremeter.

–Mis viejos están ahí, en esa casa. ¿Ve? Hay un cumple, y desde ahí me miran –le dice el pibe señalando una vivienda al otro la de la avenida, desde la que se escucha una cumbia… “Te vas, te vas, te vas”– ¿Pero además a usté qué le importa lo que haga yo?, soy grande y me la banco…

–Bueno, eso es discutible… Me medís un metro y medio y…

–¿Y qué? No me joda que me voy. Usté me prometió algo, a mí la cumbia me aburre, mañana no tengo clases, y en una hora o dos uno de mis tíos se pone en pedo y empieza a tirar tiros al aire. Así que cuente, cuente eso que me dijo que me iba a contar.

–Dale, así, por lo menos no me aburro tanto —Y comienza la historia sobre la caída de la plenipotenciaria.

Era un día frío de junio, se cumplía un año de la masacre que el Jabba del CCK había celebrado como una victoria de ese arte de la obsecuencia y la pauta que él mal entendía como periodismo. A modo de conmemoración de aquella barbarie, los trabajadores de Télam declararon un paro, con presencia en los lugares de trabajo, y en el Galpón, la medida tuvo un considerable acatamiento. Algunos de esos cosos que se autodenominaban como jefes tuvieron que arremangarse y sacar un servicio, bastante pobre, por cierto. La plenipotenciaria decidió que ese día debía mostrar fidelidad con su proyecto y por la mañana se sentó frente a una de las máquinas asignadas para la mesa de edición. Desde allí, y con todas sus limitaciones cognoscitivas, editó materiales y los mandó al aire. No fue esa una victoria del periodismo, precisamente no. Definitivamente no.

Durante el resto de la jornada, la mayoría de los trabajadores que adhirieron a la medida de fuerza pasearon por el predio de Martelli, ante la mirada de dinosaurios de cartón y maquetas agrietadas que extrañaban la presencia de Zamba en el lugar…

Llegó entonces la noche como un manto piadoso, y el fatigado y el raptor se retiraron con la convicción del deber cumplido. “¿Hoy se cumplía un año de los despidos? Mirá vos. Cómo pasa el tiempo”, lanzó al aire uno de los integrantes de la troupe del profesionalismo republicano antes de rajarse.

Eran las 20.05, cuando se produjo el hallazgo. El conspirador 1 se sentó en la máquina que había utilizado la plenipotenciaria y quiso conectar su wasapweb, pero se encontró que ella había dejado abierto el suyo, y un mundo de fantasías animadas de ayer y hoy afloró ante la pantalla. Sí, la directora, gerenta y emperatriz de las nuevas tecnologías, república y coso había dejado abierto su wasap. Con un guiño, el conspirador 1 llamó al 2, luego al 3, vino el 4 (¿quién esto escribe?), luego al 5 y al 6 y una pequeña multitud se congregó ante la pantalla, abierta como una caja de pandora…

Conversaciones autocelebratorias con el raptor, estigmatizaciones y alusiones al tamaño pélvico de las autoridades del Directorio podían apreciarse ante la vista incrédula de esa improvisada gavilla.

Alguien sugirió entonces tomar una foto, se tomó otra, luego otra, y otra más.

–Pará, está también, y esta, esta otra, acá.

–Dale, dale. Una más.

–Buscá este nombre.

–Mirá lo que dice, jajajaj.

–Qué soretes, al pelado lo cago a trompadas.

–No, mejor mostremos todo esto en algún lado —soltó uno de los pandilleros de la oscuridad—.

Días después, el material de esas conversaciones fue revelado. Estalló como una bomba y significó, a un mes de las PASO, el Stalingrado del Galpón…

Cuentan que ese día, al difundirse sus conversaciones con el raptor, la plenipotenciaria, apoltronada en el altillo donde se toman las decisiones entró en crisis, convulsionó, y se retiró en compañía de su futuro maride, espose, o vaya a saber une qué merdie. Se pidió una licencia psiquiátrica y no apareció nunca más por el predio de Martelli. Ahora, “retiene tareas” con la esperanza de obtener un botín con el cual retirarse tras haberle jodido la vida a tanta gente. Pensar que se presentaba a su llegada como una “emprendedora”, de videos, contenidos, eyaculaciones y excrecencias… Ahora es un fantasma, un mal recuerdo cuyas acciones no deberían olvidarse.

–Y más o menos así fueron las cosas— le dijo el vigilante al pibe de la bici, poniéndole fin a su relato, carente de las adjetivaciones que este torvo escriba utilizó para referirse a la plenipotenciaria—

–¿Tanto lío para eso? Me voy.

–¿Pero qué te pasa? ¿No te gustó?

–Vos no me gustas, gil, me voy. No existís —le profiere el querubín cobrizo al vigilante mientras en una casa del otro lado de la vereda un tipe empieza a tirar tiros al aire al son de una pieza de Las Palmeras.

Leonardo Castillo