Digo cien y digo muchas cosas. Digo, por ejemplo, billete devaluado de quien nos prometió volver y ser millones. Y fue, nomás, en moneda de latidos. Digo cien osados, volando, contra el pragmatismo miserable de uno en mano. Y por hablar de osadía, digo cien días y digo compañeros. Digo trescientos cincuenta y siete compañeros, que bien valen cien días. Cien que es julio, que es agosto, que es septiembre, que pisa por tres el mes donde la historia siempre deja huella tras las lluvias. Cien es un número redondo, el primero de tres cifras, el último que hubiera pensado hace cien días. Cien se forma con un uno y dos ceros, con dolor bastante, con rabia, con temor, desazón, incertidumbre. Se forma con insomnio, con tsunami, con lágrimas. Con cuchillos que vienen a degüello, de proyectos, de sueños, de esperanzas. Cien, tres veces y medio de familias y de hijos. Cien no se dice de a uno, se pronuncia de a cientos. Es de a cientos que se arma la palabra. Porque cien es también coraje mucho, es abrazo, es sonrisa. Es canto, es ranchada, es colchón donde debiera haber silla. Cien por cien son ideas, son marcha, son grito contra cien mordazas y emboscadas. Bombo y redoble, bandera, pañuelo. Puño cerrado a los crueles y mano abierta para levantar al que se va cansando. Cien por mil son los pasos caminados. Cien días van y acá nadie se rinde. Carajo.

Rodolfo Luna