La efeméride induce al error. Con frecuencia nos ubica en una postal, por definición estática, pétrea. Allí las luchas de las trabajadoras y los trabajadores de Télam se conjugan en pretérito imperfecto y aparecen  romantizadas y clausuradas. Despojadas de toda condición presente. Ante esa forma de evocación corresponde una rebelión.

Si el trabajo de prensa constituye un oficio transformador, comprometido con su tiempo, ese pulso no se delimita en el calendario. No tiene principio y fin. No dura 119 días. Se lo asume y ejerce con esa condición. O no. En contextos regresivos, en los que la beligerancia es hasta un acto reflejo o un movimiento defensivo, y en contextos progresivos, en los que se potencia con la fuerza liberadora del cambio social. 

Una mañana durante la huelga por los 357 despidos, el día 98 de aquellos 119, un compañero con conocido linaje militante propuso una idea a los ocasionales presentes en el edificio. Eran aquellos días ásperos. No se avizoraba una salida del conflicto: el diálogo había sido cerrado por el gobierno y muchas compañeras y compañeros se hallaban exhaustos con la huelga y reclamaban un cambio de estrategia. La nueva idea, audaz, desafiaba los límites del Código Penal (tuve que releerlo más tarde para confirmar en qué exacto lugar nos dejaba). Era acaso más propia de la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre que de la ocupación, sin resistencia real, de los edificios de la agencia. Pero era el modo de provocar un desenlace, no ganador, pero que trazaba una línea y repartía los tantos.

El compañero preguntó cuál era el momento para socializarla en una asamblea. No escuchó respuestas definitivas pero, sin garantías para descartarla, hasta redacté un borrador de su hipotética comunicación pública, como quien quiere establecer un juicio con todos los elementos sobre la mesa. La redacté a mano, en un papelito (lógicas militantes que -sabemos hoy- no fueron un exceso de prudencia) y lo atesoré. Lo tengo todavía en la mesita de luz. Por eso sé -lo dice el texto que ahora releo-, que era el día 98.  

Las trabajadoras y los trabajadores de Télam se convencieron de sostener la huelga y aquella idea nunca llegó a la asamblea. El compañero era uno de aquellos que luchan (como en el ultrajado texto de Brecht) no uno ni dos, sino todos los días.

Quizá alguna vez me toque llevar ese papelito a compañeras y compañeros de otro conflicto. Allí también estará un estertor de la memoria de la lucha de Télam.

Atravesamos hoy tiempos más venturosos. Con un gobierno que enfatiza el valor de lo público, que se aporta en una construcción colectiva y que se funda sobre una tradición política -acaso la más poderosa- que se afirma sobre la condición popular y obrera. Por eso mismo este tiempo nos debe encontrar movilizados. Sabiendo que la transformación no es utopía ni locura, sino un acto de justicia. Y que, lejos de delegarse, nos obliga.

Se cumplen dos años de aquellas cartas documento de despido. La efeméride es inexorable. Que nos encuentre escribiendo la historia en tiempo presente.

Mariano Suárez