Este nuevo aniversario de nuestros despidos nos convoca a condensar en pocas palabras el inenarrable vértigo de lo que vivimos en Télam. 

En ese intento imposible recordé una secuencia,  y elegí -quizás porque siempre me gustaron las anécdotas-  quedarme con una que a mis ojos es una historia que resume a la gran historia. 

Una mañana de domingo gris, destemplado y frío de fines de julio de 2018, nos encontraba a todxs lxs que formábamos parte de un grupo de whatsapp de despedidxs debatiendo e incluso discutiendo, y comenzando el día entre mantas y colchones desperdigados en el piso de alguno de los edificios que custodiábamos. 

En eso, algo nos despabiló.

Era el pedido de auxilio de una compañera que insólitamente se había quedado encerrada en un cajero de la zona de Télam, en un fugaz intento por resolver un instante de su vida familiar en medio de la lucha colectiva que irradiaba a toda nuestra existencia.

Todo pasaba en ese radio, porque “la zona de Télam” era en realidad cualquier lugar al que pudiéramos llevar nuestra pelea. La calle se volvió el patio militante de la agencia, las corresponsalías, la puerta de la Cámara, un móvil de televisión, y cada territorio al que podíamos llegar para mantener con vitalidad un conflicto que persistía en una coyuntura hostil.

Ahí, en ese cajero, apareció algo que venía a romper el paisaje de una mañana que no tenía por destino salir en ninguna foto, como tantas otras que sin protagonismo, sin embargo, mantenían a esta gran historia con pulso: esos momentos que nos volvían compañerxs, en el sentido más estricto de la palabra, de quien comparte el pan, en la preparación de una cena colectiva o de ese mate que funcionaba como centro neurálgico alrededor del cual en comunión sentarse a crear y a idear cómo más mostrar lo que éramos y por qué nuestra lucha era de todxs.

Esa mañana nos convocaba a resolver lo inédito: una persona habilidosa, independiente, fuerte y capaz se quedaba encerrada, y resultaba corrida de su vida normal por un obstáculo injusto, intempestivo, que se mostraba infranqueable, y que era además, ilegal. Uno que nunca debió haber sucedido.

Todo conflicto siempre es nuevo, nunca se reedita igual a los anteriores. Y ahí, la opción: ser el testimonio de una derrota o el vértigo que daría paso a la creatividad. Eso elegimos.

Como un instinto propio de ese estado de asamblea permanente en que vivíamos, ante la necesidad surgió la respuesta colectiva, con compañerxs que aún estando lejos se ofrecían a salir al rescate en incondicionada solidaridad y dejando toda contradicción secundaria de lado ante el enemigo claro. 

Un héroe colectivo que en forma de asamblea y conducido por nuestro sindicato (Sipreba), crecía como espasmo ante la necesidad, reuniendo a un activo que venía de experiencias de participación política heterogéneas, pero que también renacía todos los días como decisión voluntaria para aliviar, contener, confrontar, motivar, financiar, y principalmente en el instante noble de sostener cuando unx mismx ya no tenía en donde hacer pie. 

Finalmente, la salida triunfal de nuestra compañera -hoy además delegada- devino en una multitud de aplausos orgullosos por ver materializado en un triunfo concreto la capacidad transformadora de nuestro colectivo organizado. 

Aplauso que surgía en definitiva como eco de lo digno de haber dado la pelea, de haber estado presente, y que nos sostenía tanto como el de cada compañerx del movimiento obrero organizado que venía a alguna de nuestras infinitas actividades y conmovidx, en su aplauso, nos reconocía como hermano. 

Esta historia tiene poco de mito y mucho de convicción. Convicción de tal tamaño que sí solo podía volverse leyenda.

En el guión de la película “Lugares comunes”, Aristarain dice: «el despertar de la lucidez puede no suceder nunca, pero cuando llega, si llega, no hay modo de evitarlo, y se queda para siempre». Hoy, ese conflicto como tal, terminó, pero en Télam, este colectivo, despertó para siempre.

Victoria Avila