Ollas, cucharones, tablas, cuchillas, garrafas, hornallas… cubiertos de plástico y recipientes percudidos a manera de platos. Y el glorioso chulengo que nos prestó la gente compañera de Lo de Néstor, ahí en Bolívar justo frente a la sede histórica de Télam… Ninguna compañera o ningún compañero que estuvo al menos un día, una noche, en la permanencia o en las actividades puede decir que no sabe de qué estamos hablando.

La lucha por los despidos tuvo muchas aristas y frentes: la movilización en las calles, las actividades en los dos edificios, la participación mediática, los abrazos y besos para darnos ánimo, y una actividad que de alguna manera sostenía a todas ellas: la de la cocina, la de comer todas y todos alrededor de un sueño, que también era un deseo pero sobre todo una decisión: la de ganar el conflicto.

Muchas y muchos nos propusimos para esa tarea contenedora y entrañable que es la de cocinar, la de compartir los platos humeantes de guisos, arroces o pastas que habían comenzado un par de horas antes con esa cebolla picada que chisporroteaba en un fondo de aceite, siempre un fondito de aceite y las cebollas, y los morrones, y los ajos, y los condimentos, y la sal… 

Aromas que nos acompañaban, comidas que nos unían, brindis imaginarios o no por el triunfo que deseábamos  y por la dignidad de la lucha que estábamos llevando a cabo. Ese era el clima que se sentía. Cocinamos a fuego lento nuestros sueños, templamos nuestro carácter y nuestra fuerza al calor de las hornallas o de la parrilla. Y saboreamos el orgullo de haber hecho lo que teníamos que hacer. 

Como esto no es una crónica periodística, ahora voy a hacer lo que no se debe: hablar en primera persona.

Algunas veces tuve la inmensa alegría de compartir esas tareas con otras y otros compas.  Y cada vez que rememoro aquellas jornadas culinarias-compañeras me emociono. Mucho, mucho. 

Siento que esa comunión –sin connotaciones religiosas, o sí para quien las sienta- fue nuestro sustento, que el compromiso salió desde adentro de cada une y se mezcló con cada plato humeante compartido y cada vaso, aunque contuviera apenas agua.

¡Salud, compas!

Jorge Paihlé