26 de junio de 2018, juega Argentina contra Nigeria en la copa del mundo, habían pasado apenas 6 días del acuerdo de endeudamiento con el FMI, llamado “stand by”, van llegando los telegramas de despido, vamos perdiendo el partido. Mi hermano me acompaña a la sede de Télam en la calle Bolívar, termina el partido y salimos a la calle, vemos como la gente se abraza, llora, se preguntan si les habrá llegado. Primera asamblea, me impacta y lloro al escuchar y ver cómo se le caen las lágrimas de tristeza a un compañero de 65 años, a punto de jubilarse, antiguo de la agencia. Pienso en mi viejo, en un tío despedido. Veo a otra compañera, no despedida, temblando y con la voz rota, dándonos ánimo. Fueron muchas asambleas para enterarnos quien estaba despedidx con telegrama, a quien le había llegado el mail de “bienvenidos a la agencia” (redacción paralela montada en el centro de exposiciones de Tecnópolis). Durante días me acuesto en la cama pensando que mañana iba a despertar y esto no estaría sucediendo, porque no hubo preaviso, ni instancia de notificación, mucho menos de diálogo. De un día para el otro abandonaron las dos sedes, no están ni los mandos medios ni los altos, quedan 357 familias en la calle, más todo el acervo histórico de la agencia abandonado (estudios de radio, salas de edición, archivos periodísticos, etc.) y las 27 corresponsalías. Esto era un desfalco a todxs los argentinxs. Además de nuestro conflicto estaba el acampe de los familiares del ARA San Juan en Plaza de Mayo, los despidos del hospital Posadas. Después se vino la avalancha de despidos en los ministerios, fábricas, más hospitales, el dólar se empieza a disparar, era un caos.

Todos los días asambleas, actividades, noches de vigilia en las dos sedes, luego el acampe durante más de 80 días en la Cámara de Apelaciones del Trabajo. A esta altura ya éramos un bloque organizado dedicado casi exclusivamente a recuperar la agencia, a no perder, no había otra cosa para hacer, nos sentíamos ultrajadxs. Mientras nosotrxs éramos transeúntes en nuestro territorio y aparecíamos como hormigas por todos los rincones, ellos eran los auto-desterrados despedidores, encerrados en cuevas salvajes. Estábamos los de adentro, en el centro de lo insoluble, luchando en terreno propio y los de afuera, incompetentes, provocando violencia y planeando cómo podían seguir operando con su mal.

Los primeros 119 días fueron un ejercicio de compromiso que no vivía desde mis años en la facultad, pero ahora no tenía 20 pirulos y todo era bastante más complejo, aunque había similitudes con la época de Alianza de De la Rúa, como Pousá, que ya había intentado liquidar la Agencia en 2001.

Hoy, como en aquel entonces, siento que el mundo que conocimos ya no será el mismo. Por eso en Télam seguimos adelante con la lucha, que ya no es solo nuestra. Mirando hacia atrás creo que la “nueva normalidad” de la que hablan ahora y que no sabemos cómo será, viene ocurriendo antes de nuestra lucha, nuestra “anormalidad” manifiesta comenzó con lo que para mí fue la prepandemia, el neoliberalismo salvaje. Y pienso: menos mal que estuve ahí con ustedes querides compañeres, ya son parte de los seres queridos de mi vida, ya son mis hermanxs, mis hijxs y mis viejxs.

Pasamos tantas derrotas, pasamos tanto frío, pero al final el bien pudo triunfar y ganamos porque nos tenemos de aquí en más. 

Julieta Waisel