Hay momentos, hay fechas, como la del 26 de junio de 2018 donde el acontecimiento impone definirse: hay un elles y un nosotres.

Esa vez, ese día, hubo quienes entre golpeados e incrédulos decidimos reunirnos en colectiva resistencia con la convicción –tan incierta como tenaz- de que íbamos a forzar el destino interpelándolo de a muchas lenguas.

Pero también hubo quienes eligieron -por miedo, por imperio de la mísera oportunidad, por convicción, poco importa el motivo- jugar del lado del poderoso que siempre y por definición es injusto, bestial y violento.

No se trató de una circunstancia, de la mal llamada grieta o de una postura azarosa; allí había solamente dos lados y en esa elección iba la vida, la propia y la de los demás, en un sentido o en otro.

Contra todo pronóstico pragmático, los malos a veces pierden y ni el cansancio ni el dolor acumulado en jornadas de poner el alma y el cuerpo pudieron disimular el abrazo largo que nos regalamos, las lágrimas compartidas que entonces fueron de alegría.

Y no hay vuelta atrás, ganamos y somos orgullosamente diferentes a la casta servil que quiso salvarse sola, que deberá explicarle al espejo por qué eligió mal, cómo fue que el plan falló. No hay edificio, organigrama o mandamiento que pueda pretender equipararnos. Es una lección aprendida en las calles, en otras históricas peleas, que nos resuena querida y compañera “no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos”.

Asumir el desafío personal y político de aplicar esta triunfal experiencia plural, horizontal y colaborativa allí donde habitemos la existencia es el desafío que podemos emprender entendiendo que el sólo gesto de saber que no somos elles no nos convierte en nosotres.

Sergio Arboleya