Siempre me costó creer en las épicas perfectas, las conquistas históricas -colectivas o individuales- que solo recuerdan ese momento final de victoria, satisfacción y reivindicación. 

Por eso, para mí, el valor de recordar este nuevo aniversario de ese triste, gris y frío 26 de junio no está en el grito que se me escapó sin buscarlo o las lágrimas que no pude contener -por más que lo intenté- cuando escuchamos otros gritos y lágrimas irreprimibles que nos informaban que la Justicia finalmente había aceptado los primeros recursos para frenar los despidos. Para mí, el valor de la pelea que dimos durante los meses de paro, toma pacífica y un arco infinito de actividades está en los momentos más difíciles que tuvimos que atravesar, en los momentos en que la angustia podía más que la razón, en que las discusiones tocaban una fibra sensible y tensaban al límite vínculos laborales y hasta personales, y en que -aunque ahora me de vergüenza decirlo- me preguntaba si el costo físico y emocional que estaba sintiendo valía la pena. 

En cada uno de esos momentos pude apoyarme en las personas que la estaban peleando con las mismas dificultades que yo, algunos amigos, otros prácticamente desconocidos hasta el conflicto. Nadie llegó solo a esa victoria que celebramos todos juntos, sin tensiones ni diferencias. Todos necesitamos ayuda por momentos y, afortunadamente, fuimos capaces de ayudar en otros momentos. 

Esa es la lucha que recuerdo y que quiero seguir recordando cada 26 de junio.

Laura Carpineta