Y no les quedaba otra que meter mano en la Justicia

Y lo hicieron

Y a un compañero se le ocurrió un acampe

Y ahí fueron

Y los quisieron intimidar

Y no pudieron

Y los intentaron cansar

Y los fortalecieron

Tres meses de acampe, de frío y de bronca, de compañías y de risas, de firmeza y de victoria.

Metían la mano en la Cámara de Apelaciones del Trabajo, los propios jueces lo confirmaron públicamente hace pocos días. Querían cambiar las reglas por eso teníamos que estar ahí, in situ o a la distancia todos estábamos ahí.

Primero nos sacaban fotos vestidos de civil y desde lejos, luego ya uniformados, sin disimular y a pocos metros. También usaron camiones llenos de policías para intimidar. Una mañana amenazaron tres veces con desalojarnos. Cuando vinieron nos sentamos, los camarógrafos desenfundaron sus lentes y santo remedio. Eso tampoco les funcionó, al cuartel de nuevo.

Los jueces tenían que mirarnos a la cara al menos dos veces al día y escucharnos permanentemente desde sus despachos, se hizo mucho ruido.

Fue un acampe duro, pero lleno de solidaridad, de amor. Los huesos dolían pero de repente te visitaba Taty ¿entendés?, te mandaba fuerza Estela, Hebe te bancaba desde el primer día y Norita bailando te decía todo.

Todo eso daba fuerza. La familia, los amigos y el compañero que desafiaba presiones como nadie, daban fuerza. Los que se la bancaban en la Télam trucha, los desconocidos que pasaban, todos. Por eso teníamos que estar ahí, disputando en otro barro de nuevo.

Porque llegaban los cajones para el fuego, los panqueques y el chipá. Porque había chori, ajedrez y olla popular. Porque venía un loco a cantar y otros tantos a chamuyar.

Porque era ilegal, porque era injusto, porque teníamos razón. Porque creíamos, porque sabíamos. Porque ni con el FMI, ni el poder estatal, ni operando en la Justicia nos iban a ganar.

A dos años de los despidos hoy elijo recordar este capítulo tan especial de la inmensa lucha. El del gol más gritado, el del desahogo y el llanto, el de la victoria.

Sebastián Peralta