Era temprano, no sé -de ahí en más no supe demasiado- si les  sirve de referencia, las 7, las 8, tomemos esa franja horaria como detonador,  porque ahí empezó a brotar en mi cuerpo el rigor  mortis, si,  eso  que deja a los  muertos  medio duros, o duros por entero, no había tenido  el gusto de andar toqueteando muertos, y como quien no quiere la cosa, ese día se me moría alguna parte, y toqué muertos en vida.

Me meaba, generalmente lo que logra sacarme de la litera son las ganas de mear de  invierno, muy diferentes a las ganas de verano, creo que son más benignas. Mientras la uretra imploraba que llegue al urinal y deje el material de una buena vez.

Y entre levantarme y ponerme las pantuflas las luces del celular no paraban de titilar, y agarré el teléfono pensando que seguro venía algún caído del catre a pedirme algo, pero nadie pedía nada, o sí, pedían e imploraban respeto.

Leo uno, dos, tres, y más y más y lo único que se  leía en  los mensajes es “me despidieron”.

-¿Y a vos?- A mí,  ¿que?-, mi sinapsis es tardía y suele funcionar para ejecuciones  del pensamiento que a nadie le sirven. Y de ahí en más empecé a experimentar un terror extraño, suelo salirme de mí cuando me pasan cosas extrañas y mirarme a ver qué  carajo estoy haciendo. Entonces en esa salida de mí, me veo tratando de meterme bajo la cama, para que no me ataque el ejército de telegramas malditos, me queda la cabeza atorada porque soy cabezón y no calculé cuán cortito es el espacio  de estas camas modernas, cuando pude sacar la cabeza la  quería meter en otro lado, con la ingenua idea de que todo era producto de un devaneo mental de mal gusto.

Quedé tirado en el piso sin vestirme, sin ganas de mear, sin ganas de nada, sólo prestaba atención a los ruidos que venían del palier, eran muchos, seguía tirado en el piso, atiné a meterme adentro del placard, y me quedé ahí, con  la esperanza de que el  ejército de telegramas malditos no me encuentre, no me hallase, un enemigo extraño con el que luchar se me ponía difícil, porque ¿con qué se repele un ejército maldito de telegramas de despidos?, lo único que tenía en  la mano era el celular, ni la gomera, ni el destornillador que tengo siempre a mano le podían hacer algo a esta entidad que se había extendido por todos los rincones del país.

Salí del placard, los ruidos de la calle habían terminado, llegué al living, me acomodé los calzones largos, hacía frío, me vestí, miré de nuevo el teléfono y en un mail me invitaban a ser parte de la “Nueva Télam”, la nueva… la  nueva… más de 70 años, pensaba y esta runfla llama nueva a una señora mayor, le toma el pelo, sí, nunca me había sentido tan ultrajado, amenazado, humillado, burlado, todo vejación que el lector quiera continuar en este párrafo es aceptada, complete la línea puntos. 

Y sí debo hablar de ella, de “Télam”, mi trabajo, mi casa, el lugar donde he conocido buenos amigos. Ella me dio seguridad, me dio  muchas cosas, y me pidió otras tantas, esas casualidades Télam tiene la misma edad de la Mirtis -mi  madre- y  algo de madre Télam tiene para mí. 

Y fue ese día en que sentís el abandono de una madre, pero que no es ella, sino los demonios que la habitaron durante ese oscuro período de persecución, miedo y hostilidad a las que nos sometió este señor Lombardi, junto a la gavilla que se adueñó de la agencia de  noticias de la República Argentina, gerentes de trapo, editores de goma, secretarios de redacción tan botones que hubieran quedado mejor en la puerta de algún hotel cinco estrellas.

Y esta mazamorra de orates debían ponerle la  frutilla al postre, los despidos, llevarnos a lo más  profundo de la cloaca, ya nos habían torturado tanto que  se les hacía necesario un  poquito más, reventar la  agencia, dividir a los trabajadores y trabajadoras y que se vaya todo al mismo averno, que era la cara de todos y todas esos funcionaries  de trapo que se  pavoneaban con esas ropas  berretas y de mal gusto, sin onda y en alta decadencia. Luego estaban les que ponían cara de “Yo no sabía nada”, no seas gil,  yo sé que sabías y no me voy a olvidar.

Y no me voy a olvidar tampoco de todo lo que se laburó para mantener la agencia, muchos días, de verme llorar, de ver llorar a cientos de compañeres, pero sin bajar los brazos para que estos mamotretos no se llevaran puesta la agencia, trabajadoras y trabajadores encontramos el arma secreta para combatir al ejército de telegramas maldito.

Raymundo Peres