Todo lo que aquí se cuenta sucedió.
Y todo puede volver a suceder.
O gana el olvido o gana la memoria.
De eso se trata.
Jorge Giles

El sol no pasaba por los edificios que rodeaban la Cámara del Trabajo y la sombra se hacía sentir -una vez más- en los pies helados aquella mañana. Esperábamos que llegaran nuestros invitados tomando el café convidado por el bar de al lado, que al verla a Taty Almeida inmediatamente dispuso mesa, silla, fuente y galletitas para recibirla como se merece.

Entre la muchedumbre que iba y venía, Taty bajó la mirada al piso.

—Parece que alguien perdió una cadenita, dijo sorprendida.

— ¡Uy sí, es mi San Expedito! ¡Gracias Taty, lo viste justo!

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La estampita con un santo vestido de rojo estaba apoyada en el cajero automático. 

— ¿La agarro? -pensé-. Por las dudas no -me quise convencer.

Agarré la plata de la máquina y empecé a guardar todo en la billetera con cuidado de no olvidar nada. Guardé la tarjeta. Volví a mirar la estampita.

—La agarro, ya fue.

Llegué a casa y me senté en la mesa. Quería saber qué santo se podría haber aparecido justo este día. Saqué el papelito brillante y debajo de la figura aparecía su nombre “San Expedito”.  La di vuelta y vi la señal:

¡Glorioso San Expedito! Que intercedes por las causas justas y urgentes…

—No puede ser…

…ayúdanos en este momento de aflicción.

Tenía la atención aturdida por los abrazos, el llanto contenido, el dolor por los proyectos de vida que se podían romper, las palabras que no encontré para nombrar aquello que nos había golpeado. Y la búsqueda desesperada de una esperanza.

Recé.

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— ¿Así que se te apareció San Expedito? Te va a cumplir. 

— Tampoco es que se ME APARECIÓ. Lo encontré de casualidad en un cajero.

Como quien no quiere la cosa -mi hermana se sacó la cadenita del cuello y desenganchó el dije.

— ¿Tenés un dije? 

—Tomá, enganchalo a tu pulsera, te va a ayudar.

Sin dudarlo, tomé el dije y ahí lo vi, el santito vestido de romano mirando hacia arriba, cruz en mano, en un dije de plata. 

—Eso espero -le dije- desde el 26 de junio guardo la estampita.

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—Algo va a pasar, se me rompió la pulsera.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué pulsera?

—¡De San Expedito! La encontró Taty en el suelo, es una señal.

Esa mañana de junio nos abrazó con ternura una de las Madres de la Plaza de Mayo, que con voz contundente y necesaria, atronó los despachos de juristas e iluminó cada recoveco de los tribunales.

Ese día que cumplimos un año de lucha, como también el primer día de fuego, decidieron estar junto a nosotrxs quienes vienen entrelazando los hilos de ese tejido que es nuestra memoria, que arropa, abriga y protege del olvido, que sana, restituye y busca la verdad, que enseña, exige y lucha por justicia.

Aquel 26 de junio, San Expedito cumplió. Pero corrió con ventaja. Somos Télam contó con la potencia de un pueblo que le arrancó una victoria a los profetas del odio y condensó infinidad de historias, luchas, memorias, caminos, fuerzas, dolores, amores, que nos permitieron dar vuelta la taba.

A San Expedito, las gracias. A lxs hermanxs de Télam, la admiración y el cariño eternos.

María Laura Da Silva