La primera vez que pasé con el 24 por la puerta de Télam lo primero que pensé fue: “Algún día voy a trabajar acá”. Todavía estaba lejos de terminar la secundaria e incluso de autopercibirme periodista, sin embargo mi intuición me llevó a imaginarme ahí.

Un día llegué efectivamente a la Agencia casi sin querer y sin acordarme de esa premonición camino a Barracas. Empecé como compaginadora en Radio, crecí, entendí la importancia de los procesos colectivos en cosas pequeñas (ya sería el momento de las cosas más relevantes y enormes), conocí amigues, gente que me enfrentó a situaciones horrendas, jefes machirulos y personas del bien.

Hablé en asambleas mientras me transpiraban las manos de los nervios, puteé más de una vez y arengué gritando en alguna otra. La mística que se respira ahí es insuperable. Hasta el día de hoy, hasta la más tranquila o corta de las asambleas mantiene un halo, más o menos, de adrenalina indescriptible.

Y la historia del 26 de junio de 2018 la conocen o la pueden googlear. Yo tuve miedo todos los días. Miedo y coraje. Estuve triste y feliz. Tuve frío y calor. Culpa y certezas. Sentí pánico y seguridad. Odio y cariño. Fui un trapo y me sentí poderosa.

Estuve alerta casi todos los días. No sabía si nos iba a caer la policía o la gendarmería. Vi a mis compañerxs cagarse de frío todas las noches. Me dio bronca seguir amamantando y no poder quedarme con ellxs. Conocí y hablé con gente por primera vez. Dejé a mi hijo todos los días con la promesa de luchar sin parar y dejé a mi compañero en soledad sin registrar mucho lo que él sentía con todo esto. También cargamos con esas mochilas.

Me puse el chaleco del sindicato como armadura y me fui a tocar el bombo en cada movilización y actividad. Me dio culpa estar poco en mi casa, me dio culpa estar poco con mis compañerxs.

Todavía no entiendo cómo hicimos. Miro para atrás y lo veo, pero hay algo del presente que me condiciona. ¿Cómo aguantamos tanto? En este camino algunes perdimos amistades crecidas en la cotidianeidad de Télam. Muchos años de amor quedaron en la ausencia de mensajes y el vacío del vínculo. Perdimos nuestra salud, parejas, momentos, tiempo y todo lo que se puedan imaginar.

Sin embargo sigo apostando a que fue el corazón, la audacia, la rosca, el amor, la política, el encuentro, el legado, la historia, el feminismo, los golpes, los abrazos y la convicción, lo que nos trajo hasta acá.

No seremos los mismos y las mismas nunca más. Nos enfrentamos y le ganamos al sistema político asesino por excelencia: la derecha. Esa marca está tatuada y se lleva con orgullo. Lombardi, te ganamos en la cara.

No siempre vamos a tener medallas de triunfo, es cierto. Vamos a perder muchas porque ellos también juegan. Pero acá, según lo que escribió Víctor Hugo: “Sólo viven los que luchan”.

Así que, que vengan a apagar este fuego si pueden.

Lucía Ríos