Tenía todos los síntomas que un compañero había descripto casi con exactitud en una asamblea: cuando tengas desgano y tristeza derivada de la bronca, venite para Télam… Cuando te agarre ese no saber qué hacer mientras siguen llegando telegramas de despido, venite para Télam. Y así fue. Fue un domingo cuando los puños cerrados necesitaron aflojarse y desplegarse en acción para salir en dirección hacía allá, hacia donde era para seguir siendo . Y fue meterse en el vendaval de corazones calientes y cabezas pensantes para entender la dinámica de lo que se venía.

Fue verse al rato corriendo sillas, haciendo lugar para pintar carteles; salir a la vereda con la urna-alcancía; y dale, apurate con el mate que no es un micrófono; listo, anochece, adentro un rato para cuidarse del frío, que se vienen muchas actividades en donde sí o sí habrá que bancar el aire helado, la lluvia y el viento del invierno porteño; preparar jornadas y charlas con invitados; correr la cancha sin parar porque este partido no sólo que no se suspende, sino que habrá que meter pata fuerte para ganarlo.

Y vinieron otros domingos, y todos los demás días que le siguen, y arreglá lo del sonido para la peña en Bolívar, y qué buenas estaban las tortas fritas que les compañeres hicieron en la puerta de la Agencia nacional de Noticias; y el partido de fútbol con todos y todas; y dale que el jueves vamos a la Quinta Presidencial de Olivos y mirá que lluvia fría que se vino, pero dale igual con el bombo y las sombrillas y las banderas; y vamos que mañana viene la gente del colectivo contra el gatillo fácil; y esta noche bajemos que vienen compas que desde hace horas debaten en un plenario sindical.

Y mirá si había cosas por las cuales salir ese domingo. Tenía razón Jorge Pailhé en esa asamblea, cuando dijo lo que dijo: nada de deprimirse ni quedarse sentado mascullando bronca y furia frente a la computadora o la tele. Venite para Télam. Y organizamos la bronca, y los corazones calientes alumbraron decenas y decenas de ideas y meta actividades. Y los domingos desfilaron por el almanaque, de junio a octubre, para darle forma y razón al optimismo de la voluntad. ¿Te ibas a privar de bailar haciendo trencito al lado del escenario, con 3 grados en esa noche de sábado, a la Delio Valdéz haciendo la Cumbia sobre el mar en un festival callejero inolvidable?  ¿Y te ibas a perder a Julito Martínez tocando la viola y cantando Nowhere Man en la puerta de Belgrano un atardecer de primavera? 

Esa multitud que nos apoyaba y que quedó retratada para siempre marchando por Corrientes con el Obelisco de fondo pero tapado por pancartas y banderas, nos decía al oído, bajito y profundo, dale, no podemos perder. Dale, este colectivo va a ganar. Dale, que hoy es otro domingo de otro tiempo. Y hasta los abrazos que dizque virtuales saben que aquel 26 de junio (con Darío y Maxi siempre presentes, la fecha no puede haber sido casual) quedará marcado a fuego como el día en que quisieron y no pudieron desaparecernos. Porque les ganamos. Y se los vamos a repetir en donde los encontremos: los derrotamos. Y lo festejaremos en cada domingo de nuestras vidas.

Héctor Sánchez